Fue de miedo.
—¿Camila?… —susurró, como si hubiera visto un fantasma.
—Sí, mamá… soy yo.
No se movió.
No me abrazó.
No lloró.
Solo se hizo a un lado lentamente.
—Pasa…
Entré.
Y el golpe fue inmediato.
La casa…
No era la casa que yo había estado pagando durante 17 años.
El piso era de tierra en algunas partes.
Las paredes… agrietadas.
La estufa… vieja, oxidada.
Nada coincidía.
Nada.
Mi corazón empezó a latir más fuerte.
—¿Qué pasó aquí? —pregunté.
Mi mamá no respondió.
Solo caminó hacia la cocina.
La seguí.
—Mamá, ¿dónde está todo? —insistí—. El piso, la cocina, el baño… todo lo que arreglamos…
Se apoyó en la mesa.