A solo quince minutos de la boda, descubrí que la mesa principal había sido cambiada: nueve asientos para la familia de mi esposo y mis padres de pie a un lado. Su madre se burló: “Qué patéticos se ven”. Entonces tomé el micrófono… y lo destruí en un instante.
La ceremonia iba a celebrarse en una hacienda a las afueras de Guadalajara, con buganvilias, luces cálidas y una carpa blanca donde ya sonaba un trío de cuerdas. Yo estaba en la sala privada, terminando de colocarme los pendientes de mi abuela, cuando Mariana, mi prima y madrina, entró sin llamar. Venía pálida.
—Sofía, tienes que venir ahora mismo.
No me gustó su tono. Me levanté con el vestido recogido entre las manos y la seguí por el pasillo de servicio hasta el salón. Al entrar, vi a tres meseros moviendo tarjetas sobre la mesa principal. Pensé que sería un ajuste de último minuto, pero entonces leí los nombres.
A la derecha del sitio de Diego: Patricia y Roberto Mendoza, sus padres. Luego su hermana, su cuñado, dos tíos y tres primos. Nueve asientos. Nueve.
Busqué los nombres de mis padres.
No estaban.