—Mamá, me duele mucho… haz que se detenga —suplicó la niña de 15 años, con los ojos inyectados de terror.
Elena no esperó más. A la mañana siguiente, en cuanto Arturo salió a trabajar, metió a Sofía en 1 taxi y gastó los ahorros que guardaba en 1 lata de galletas para llevarla a 1 clínica privada a 4 calles de su casa. En el consultorio, el ambiente olía a alcohol y a miedo. El médico, 1 hombre mayor de lentes gruesos, le hizo 1 ultrasonido.
La máquina zumbaba en el silencio. De pronto, la mano del doctor se detuvo. Sus ojos se abrieron detrás de los cristales y su rostro perdió todo el color. Miró la pantalla, luego a la niña, y finalmente a la madre. Tragó saliva y bajó la voz a 1 susurro tembloroso, como si las paredes pudieran escuchar.
—Señora… hay algo dentro de ella.
Elena sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
—¿Algo? ¿A qué se refiere con “algo”? ¿Es 1 tumor? ¡Dígame qué tiene mi hija! —exigió Elena, sintiendo que el corazón le iba a reventar contra el pecho.
El doctor apagó el monitor y juntó sus 2 manos sobre las rodillas.
—Su hija de 15 años tiene 1 embarazo de 14 semanas, señora.