Aquel día, el cielo era de ese azul pálido que parece desteñido. Habían salido algunas familias más, junto con la habitual variedad de parejas paseando perros y corredores con auriculares.
Era un día perfectamente normal, hasta que dejó de serlo.
Esos momentos me destripan siempre, pero no puedo dejar que Mark lo vea.
Estábamos a medio camino de dar la vuelta al lago cuando se detuvo tan de repente que casi choco con él.
“¿Mark?”.
No contestó. Miraba hacia la hierba como si hubiera encontrado un tesoro enterrado. Luego se agachó, extendió la mano y sacó algo de entre la maleza.
Un osito de peluche.
Se detuvo tan de repente que casi me choco con él.
Y no era un osito cualquiera, estaba asqueroso.
El pelaje estaba enmarañado y embarrado, le faltaba un ojo y tenía un gran desgarrón en la espalda. Parecía que el relleno estaba lleno de bultos y seco.
Cualquier otra persona lo habría dejado allí, pero Mark lo apretó con fuerza contra su pecho.
“Amiguito”, me agaché a su lado, “está sucio. Muy sucio. Dejémoslo, ¿vale?”.
Sus dedos se apretaron alrededor del oso.
Mark lo apretó con fuerza contra su pecho.
“No podemos dejarlo. Es especial”.
Su respiración cambió. Vi esa mirada en sus ojos: la mirada lejana, “a punto de llorar, pero esforzándome por no hacerlo”, que me destrozaba siempre.
“De acuerdo. Le llevaremos a casa”.
Cuando volvimos, me pasé una hora limpiando aquel oso. Quizá más.
“No podemos dejarlo”.
Habría sido más rápido si hubiera empapado el osito, pero Mark me preguntó si podría dormir con él esa noche.