Miré las montañas.
—Sí. Me arrepiento de haber tardado tanto en entender que también merecía que me cuidaran.
La entrevista terminó.
Aquella noche preparé chocolate caliente y me senté frente a la chimenea.
Saqué la última fotografía de Leo.
La misma que había encontrado debajo del suelo.
Pasé los dedos por su rostro.
—Tenías razón, hijo —susurré—. Este lugar me salvó.
El viento comenzó a soplar afuera.
La nieve cubrió lentamente los árboles.
Y por primera vez en muchos años, no sentí miedo de pasar el invierno sola.
Porque ya no estaba esperando que alguien me permitiera quedarme.
Tenía mi hogar.
Tenía mi libertad.
Tenía una familia construida con personas que me respetaban.
Y tenía el recuerdo de un hijo que, incluso después de morir, había encontrado la manera de abrazarme.
Antes de acostarme, volví a mirar la placa sobre la chimenea.