Sonreí.
—Ya tengo una casa en la montaña.
—Pero tienes dinero suficiente para cualquier cosa.
—Precisamente. Por eso quiero hacer algo que tenga sentido.
La fundación abrió sus puertas seis meses después.
El primer día recibimos a una mujer de setenta y cuatro años.
Su hija la había convencido de firmar unos documentos para vender su vivienda y después la había dejado sin dinero.
Cuando me vio, comenzó a llorar.
—Pensé que nadie me creería —dijo.
Tomé sus manos.
—Yo sé lo que se siente cuando alguien de tu propia familia te hace creer que ya no tienes derecho a un hogar.
La abracé.
Y en aquel instante comprendí por qué Leo había querido protegerme.
No era solamente para que yo pudiera disfrutar de una herencia.
Era para que pudiera ayudar a otras personas a recuperar su dignidad.
PARTE 14: CHLOE REGRESA
Había pasado casi un año desde el funeral cuando recibí una carta.