Me reí entre lágrimas.
Era exactamente su humor.
—Quiero pedirte un favor. No conviertas el resto de tu vida en una batalla contra Chloe. No dejes que ella ocupe más espacio en tu corazón del que merece.
Respiró profundamente.
—Quiero que vivas. Que viajes. Que conozcas personas. Que vuelvas a cocinar para alguien porque te apetece, no porque tengas que hacerlo. Que tengas un jardín. Que adoptes otro perro si quieres. Y que vuelvas a reírte tan fuerte como antes.
Hizo una pausa.
—Mamá, no quiero que pases el resto de tus días siendo la madre de un hijo muerto. Quiero que sigas siendo Margaret.
La pantalla se oscureció.
Me quedé allí hasta que amaneció.
Y comprendí que mi hijo me había dejado algo más importante que cualquier propiedad.
Me había dejado permiso para seguir viviendo.
PARTE 13: LO QUE HICE CON LOS MILLONES
Durante los meses siguientes, Elizabeth y yo revisamos todo el patrimonio familiar.