Elizabeth abrió su computadora y me mostró una fotografía.
Era un hombre de unos cincuenta años, con cabello oscuro y gafas.
—Este es Daniel Mercer. Trabajó para la familia durante años. Pero Leo descubrió que había recibido pagos de Chloe.
—¿Cuánto dinero?
—Más de ciento cincuenta mil dólares en transferencias que no tenían justificación legal.
Me quedé helada.
—¿Y mi hijo lo sabía?
—Sí. Por eso comenzó a guardar copias de todo.
Elizabeth abrió otra carpeta.
Había fotografías de documentos, extractos bancarios y mensajes.
Uno de los mensajes me llamó especialmente la atención.
Chloe había escrito:
«No podemos esperar demasiado. Si Leo modifica el fideicomiso, perderemos el control de todo».
Daniel respondió:
«Necesitamos que firme mientras todavía está dispuesto a hacerlo. Después será mucho más complicado».
Me llevé una mano al pecho.
—Mi hijo estaba enfermo. ¿Cómo podían presionarlo de esa manera?