Su mirada se perdió en la ciudad.
—Después de que nos separamos, regresé a Puebla. Había conseguido trabajo en una empresa de transportes. Mi padre había muerto y yo tenía que ayudar a mis hermanos. Cuando fui a buscarte, tu familia me dijo que te habías marchado con otro hombre.
—Eso nunca ocurrió.
—Lo sé ahora.
Se acercó a la mesa y sacó una pequeña caja de su bolsillo.
La abrió.
Dentro había un anillo sencillo de plata.
Mi corazón se detuvo.
Era exactamente igual al que habíamos elegido juntos cuando teníamos diecisiete años.
—Lo compré con mi primer sueldo —dijo—. Pensaba pedirte que te casaras conmigo cuando regresara.
No pude contener el llanto.
—Lo guardaste todo este tiempo.
—Nunca dejé de amarte, Mariana.
Miré el anillo.
Pero entonces recordé algo.
Yo ya no era aquella muchacha de diecinueve años.