PARTE 2: “¿Alejandro?” apenas pude decir.

Miré el anillo.

Después lo miré a él.

—Tengo miedo.

—Yo también.

—No quiero volver a perderme dentro de una relación.

—Entonces no lo hagas. No quiero que dejes de ser Mariana para estar conmigo.

Aquella respuesta me hizo sonreír.

Durante treinta años había esperado escuchar que alguien me eligiera.

Pero esa noche comprendí algo mucho más importante.

Yo también podía elegir.

—Sí —respondí finalmente—. Pero con una condición.

Alejandro sonrió.

—La que quieras.

—Nunca volverás a decidir por mí.

Me tomó las manos.

—Nunca.

Y me colocó el anillo.

PARTE 11: LA ÚLTIMA SORPRESA

Dos años después, el proyecto Mariana se había convertido en una empresa reconocida en varias ciudades de México.

Habíamos abierto talleres en Puebla, Oaxaca y Ciudad de México.

Más de doscientas mujeres trabajaban con nosotros.

No todas tenían estudios universitarios. Algunas nunca habían salido de sus comunidades. Pero todas tenían algo en común: sabían crear cosas hermosas con sus manos.

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