Ricardo salió.
Y aquella vez no sentí la necesidad de mirar por la ventana para comprobar si regresaba.
PARTE 10: TREINTA AÑOS DESPUÉS DE AQUELLA PROMESA
Alejandro y yo seguimos viéndonos.
Al principio eran reuniones de trabajo. Después llegaron las cenas, los paseos y las conversaciones que se prolongaban hasta la madrugada.
Nunca intentó apresurarme.
Nunca me pidió que olvidara mi pasado.
Y, sobre todo, nunca trató de convertirse en el dueño de mi futuro.
Una noche fuimos a Puebla.
Alejandro había reservado una mesa en un pequeño restaurante cerca de la antigua terminal de autobuses.
Al salir, caminamos por una calle donde los edificios parecían conservar recuerdos de otra época.
—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó.
Miré el calendario de mi teléfono.
—No.
—Hace treinta años, un cinco de noviembre, te prometí que regresaría por ti.
Me detuve.