PARTE 2: “¿Alejandro?” apenas pude decir.

—Necesitamos hablar —repitió Alejandro.

Miré alrededor. Los invitados seguían observándonos. Algunos fingían conversar, pero todos estaban pendientes de nosotros.

Yo tenía las manos frías.

—No aquí —respondí.

Alejandro asintió.

Su abogada se acercó y le susurró algo al oído.

—Señor Valdés, tenemos que resolver primero lo relacionado con Salazar.

—Que se encargue el equipo legal. Quiero que Mariana esté tranquila.

Entonces me miró.

—¿Podemos ir a un lugar privado?

Acepté.

Atravesamos un pasillo que conducía a una terraza. La Ciudad de México brillaba debajo de nosotros. Desde aquella altura, los automóviles parecían pequeñas luces que avanzaban sin rumbo.

Alejandro se quedó frente a la ventana.

Durante varios segundos no dijo nada.

Yo tampoco.

Finalmente, pregunté:

—¿Cómo me encontraste?

Cerró los ojos.

—No fue fácil. Durante treinta años busqué a una mujer que desapareció sin dejar una dirección, sin una explicación y sin despedirse.

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