—Muchas de ellas no tienen acceso a grandes mercados. Producen ropa de calidad, pero no tienen recursos para comercializarla.
Observé las prendas.
Había vestidos hermosos, blusas bordadas y abrigos hechos con telas tradicionales.
—¿Qué tiene que ver esto conmigo?
Alejandro sonrió.
—Recuerdo que siempre te gustó coser. Recuerdo que soñabas con tener tu propio taller.
Me quedé quieta.
A los diecisiete años le había hablado de ese sueño.
Quería diseñar vestidos, crear ropa para mujeres que no podían pagar marcas costosas y demostrar que una prenda no necesitaba una etiqueta famosa para ser hermosa.
—Quiero ofrecerte la dirección de un proyecto independiente —continuó—. Con presupuesto, personal y libertad creativa. Pero tú decidirás qué hacer con él.
Lo miré con desconfianza.
—¿Por qué yo?
—Porque conozco tu talento. Y porque no quiero regalarte una posición. Quiero darte la oportunidad de construir algo que sea tuyo.