PARTE 2: El martes por la mañana, la directora Patricia Salgado esperaba a Diego en su oficina.

La niña parada junto a la puerta.

Las manos apretando su uniforme.

La frase que había pronunciado casi sin voz:

«No puedo sentarme, maestro… me duele».

Y comprendió que aquel día había tenido una responsabilidad mucho más importante que enseñar matemáticas o lectura.

Había tenido que escuchar.

Una tarde, mientras organizaba los cuadernos, encontró nuevamente la fotografía que Sofía le había enviado.

La miró y sonrió.

Su abogada le había dicho una vez que denunciar lo ocurrido podía costarle su carrera.

Quizás había tenido razón.

Pero Diego sabía algo que ninguna evaluación laboral podía medir.

Si hubiera guardado silencio, aquella niña habría seguido creyendo que los adultos podían escucharla y aun así decidir no hacer nada.

Y eso era algo que nunca habría podido perdonarse.

En la última página de su cuaderno personal escribió:

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