—Hola, maestro.
—Me alegra mucho verte.
Sofía llevaba una hoja doblada entre las manos.
—Le hice un dibujo.
Se lo entregó.
Diego lo abrió.
Era una casa pequeña.
Tenía una puerta azul, dos ventanas y un jardín lleno de flores.
Delante de la casa había tres personas tomadas de la mano.
Una era Sofía.
Otra era su mamá.
La tercera tenía unos lentes y una camisa parecida a la que Diego utilizaba en clase.
En la parte superior había escrito, con letras grandes y desiguales:
«MI LUGAR SEGURO».
Diego sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Es precioso, Sofi.
La niña lo miró.
—Ya no quiero dibujar la silla roja.
Diego tragó saliva.
—No tienes que volver a dibujarla si no quieres.
Sofía bajó la mirada.
—¿Usted sabía que yo tenía miedo?
Diego pensó cuidadosamente antes de responder.