Unos días después, llamaron a la puerta.
Abrí la puerta con la ropa de ayer. Eli estaba en el porche con una sudadera desteñida, sosteniendo un pequeño cuaderno contra el pecho. Parecía nervioso. También parecía decidido, lo cual era nuevo en él.
“Señora Mave. ¿Puedo hablar con usted aquí fuera?”.
Salí al porche y cerré la puerta tras de mí.
“¿Está bien Hazel? ¿Te ha enviado un mensaje?”.
Me quedé mirando a aquel chico al que había visto crecer dos casas más abajo.
“No, señora”. Tomó aire. “Necesito sus medidas”.
“Eli, ¿qué…?”.
“El baile es dentro de dos semanas. Puedo hacerlo. Sé cómo suena eso. Pero necesito que confíe en mí. Y necesito que no le diga nada. Ni una palabra”.
Me quedé mirando a aquel chico al que había visto crecer dos casas más abajo. Diecisiete años. Las uñas mordidas. Sosteniendo un cuaderno como si fuera un contrato.