Horas después llegó otro mensaje.
«Mi madre está enferma por todo esto. Si alguna vez me quisiste, detén el proceso».
Esta vez respondí.
«No utilizarás a tu madre para hacerme sentir culpable. Lo que suceda a partir de ahora tendrá que resolverse por las vías correspondientes. No vuelvas a amenazarme ni a presionarme».
Bloqueé el número y envié una copia de los mensajes a Valeria.
Dos semanas más tarde, la investigación financiera encontró nuevas irregularidades.
Rodrigo tuvo que responder por las operaciones que habían quedado bajo revisión.
Su empresa perdió contratos importantes y varios de sus antiguos socios se distanciaron.
Su madre, Teresa, intentó visitarme.
La recibí una sola vez, en presencia de mi abogada.
Llegó sin sus habituales perlas y con los ojos hinchados.
—Mariana, sé que no tengo derecho a pedirte nada —dijo.
Esperé.
—Mi hijo siempre ha sido difícil. Su padre también era así. Yo creía que si lo apoyaba en todo, algún día se convertiría en un buen hombre.