—Brielle va a darme lo que esta casa esperaba. Una familia. De verdad.
Cynthia bajó la mirada hacia su copa. Margaret, junto a los regalos, cerró los dedos sobre el bolso. Brielle sonrió, creyendo que aquella frase era un elogio y no una puerta cerrada sobre mi nombre.
Yo podía haberme marchado entonces. Tenía el teléfono en el bolso y la palabra preparada para Emily. Podía haber cruzado la grava, subirme al coche y llegar a tiempo al parque, donde Oliver estaría contando palomas y Grace pidiendo un helado de fresa. Nadie en aquel jardín me debía un micrófono. Nadie me había pedido que me defendiera.
Pero Preston dio un paso hacia mí. En su cara no había crueldad de película. Había algo peor: la costumbre. La costumbre de una historia que había contado tantas veces que ya la creía suya.