—Gracias por traerlos. Samuel va a crecer sabiendo sus nombres.
—Y ellos van a crecer sabiendo el suyo —contesté.
Vanessa no formaba parte de aquel domingo. Supe por Cynthia, en una llamada breve, que había dejado la oficina, que el hospital mantenía la corrección del archivo y que un procedimiento aparte seguía su curso lejos de nosotros. No pregunté los detalles. No los necesitaba para dormir. El daño había tenido nombre, y el nombre ya no tenía llave de mi puerta.
Ese domingo de las migas, Cynthia sí subió. Trajo fresas, no regalos envueltos. Margaret vino con ella. Se habían hecho compañía en las últimas semanas, dos mujeres que habían vivido en la misma casa sin contarse el miedo. Emily puso la tetera. Los niños decoraron el álbum con pegatinas antes de que yo pudiera decidir un orden digno. Fue mejor así.