—¿Se puede retirar esa capa? —preguntó Preston.
—Usted puede solicitar la corrección —dijo Marta—. Yo dejo constancia hoy de que la carpeta original no coincide con el resumen. El médico actual de la señora recibirá, si usted lo autoriza, la versión íntegra. Lo demás es asunto del hospital y, si hace falta, de quien corresponda. Yo no acuso. Yo fecho.
Preston firmó la solicitud sin teatralidad. Cuando llegó a la casilla del correo, puso también el de Brielle y, tras mirarme, el mío.
—Que les llegue a las dos. Ya hubo bastante correo que no llegó.
Margaret sacó un pañuelo y no lo usó. Se limitó a doblarlo.
—Cuatro años guardando un sobre para ver esta mesa. Ha valido la pena el miedo.
Salimos a la calle con copias selladas. El sol ya calentaba el capó de los coches. Vanessa esperaba junto al suyo, como si la hubieran avisado del minuto exacto. No venía sola. A su lado había un hombre de traje que yo no conocía y que resultó ser el asesor de la oficina, no un policía ni un juez. Traía una carpeta delgada y una sonrisa de trámite.