Emily se había quedado en casa con los niños. Antes de salir, Oliver me había dado un dibujo de tres círculos y había dicho que éramos nosotros. Grace había añadido una raya rosa. Lo llevaba en el bolsillo. Me daba más valor que cualquier discurso.
La empleada que recordaba a Margaret se llamaba Marta Quiroga. Tenía el pelo corto y la costumbre de mirar a los ojos antes de mirar la pantalla.
—El señor pidió ayer su historial por mensaje —dijo—. Quedó registrada la hora. Esta mañana, a las siete y veinte, alguien llamó desde la oficina para retirar copias con una autorización antigua. Les dije que el paciente había limitado el acceso. No entregué nada.
Preston cerró un momento los ojos.
—Gracias.
—No me las dé todavía. Vamos a ver qué hay.
Pasamos a una mesa amplia. Marta trajo una carpeta de cartón, no un sobre brillante. Dentro estaban las hojas de aquella consulta de hacía cinco años, con clips oxidados y una nota adhesiva que alguien había intentado despegar. Leyó en voz alta solo lo necesario. El paciente había acudido. Se le explicó un procedimiento. En el consentimiento, la firma del paciente no aparecía. Una anotación del médico de entonces decía que el señor deseaba consultarlo con su esposa y que no se programaba intervención. Debajo, meses más tarde, había un resumen añadido con otra tipografía. Ese resumen afirmaba lo contrario: procedimiento realizado, carácter definitivo, archivo cerrado.