Después sonreí entre lágrimas.
—No lo sé, hijo. Pero sé que, cuando volví a verla, sentí que el tiempo no había pasado.
Daniel me miró sorprendido.
Era la primera vez que me llamaba hijo.
Y también era la primera vez que yo lo llamaba de esa manera.
Lo abracé.
Aquel día perdí a la mujer que había amado durante casi toda mi vida, pero encontré algo que jamás pensé que tendría: un hijo.
Durante las semanas siguientes, Daniel y yo comenzamos a conocernos.
Descubrí que tenía el mismo sentido del humor que Margaret. También se reía inclinando ligeramente la cabeza hacia atrás, exactamente como ella.
Un domingo lo invité a mi iglesia.
Se sentó en la última fila y escuchó mi sermón.
Hablé sobre las oportunidades que llegan cuando creemos que ya es demasiado tarde.
Después del servicio, se acercó y me dijo: