Chapter 2: EL MARIDO QUE NADIE ESPERABA

Volvió cuando el cielo empezaba a ponerse de color té. Traía una bolsa de papel y el chal sujeto con una mano. La enfermera de gafas venía con ella, soñolienta y satisfecha, porque no la había dejado cruzar el pueblo sola.

—El horno abre a las seis —dijo Elena—. Pedí el de corteza gruesa. No sabía si todavía te gusta. De niña lo escondías en la servilleta para comerlo al final.

—Sigue gustándome —dije.

La abracé en la puerta. Esta vez sí. Ella era más baja de lo que el banco del jardín había dejado creer, y el cuerpo se le notaba frágil bajo el chal, pero los brazos me apretaron con una fuerza antigua, la de quien ha ensayado ese gesto en muchas habitaciones vacías. No lloramos largo. El pan se habría enfriado, y las dos teníamos hambre de cosas concretas.

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