Abrí el papel bajo la luz del porche.
Chapter 8: EL ANILLO EN EL BOLSILLO
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La letra grande decía: «Fui a por pan. No me busques en la carretera. Vuelvo antes de que hierva el agua. Elena».
Me quedé descalza en el porche, con el papel contra el pecho, y me reí. Fue una risa corta, ronca, de quien ha ensayado durante años el peor final y recibe el más sencillo. Alexander, en pijama, leyó por encima de mi hombro y apoyó la frente en mi sien.
—Sabe escribir una salida —dijo—. También sabe avisar.
Sophie, envuelta en una manta, soltó el aire.
—Voy a poner la mesa. Si vuelve con pan y nosotros seguimos gritando en el jardín, va a creer que la casa no ha cambiado nada.
Victoria ya estaba en la cocina. Había oído la puerta y, por una vez, no había imaginado una fuga. Había puesto a calentar agua, como si el mensaje le hubiera llegado por otro conducto: el de las madres que conocen el hambre de la mañana. El chal gris no estaba en el perchero porque Elena se lo había llevado por el fresco. La cama hecha era costumbre de hospital, no despedida.