De madrugada me despertó el silencio raro de la casa. Fui a la cocina a beber agua y el perchero estaba vacío. El chal no estaba. La puerta de la calle, que Alexander había dejado con el pestillo puesto, tenía el pestillo corrido. El bolso pequeño de Elena no estaba en la silla.
Subí el corazón a la boca y corrí al cuarto de la planta baja. La cama estaba hecha con una pulcritud de hospital. Encima de la almohada había un papel con mi nombre, escrito con letra grande para que yo pudiera leerla incluso con sueño.
No lo abrí todavía. Salí al jardín descalza, con el papel en la mano, y la verja estaba entornada.
—¡Elena! —llamé.
Nadie contestó. El camino oscuro olía a tierra mojada. Detrás de mí, Alexander bajó los escalones, y Sophie encendió la luz del porche. El papel me temblaba entre los dedos. Si ella se había ido otra vez, si el miedo le había ganado al taxi y a la higuera, la casa volvía a ser lo que siempre fue: un lugar donde las madres desaparecen antes del desayuno.