La palabra delito quedó en el aire sin que nadie describiera cómo se comete uno. Graham miró la llama, miró a Sophie y vio, creo, que ya no tenía público. La risa del salón se había quedado en el hotel. Aquí solo estábamos los que conocíamos su mano en una espalda.
Apagó el encendedor con el pulgar. La fotografía quedó entera, apenas oscurecida en un borde. La dejó caer sobre el escritorio, no en mis manos. Victoria la tomó antes de que pudiera cambiar de idea. La alisó contra su pecho como se alisa a un niño.
—Se acabó —dijo ella—. No voy a volver a guardar nada tuyo en una caja de zapatos.
Graham se sentó. De pronto parecía más viejo que la casa.
—Nathan me llamó desde el coche —dijo, a la pared—. Va a pedir la separación de bienes. No el divorcio, todavía. Dice que no piensa hundirse conmigo. Sophie, tu marido aprendió rápido.