Chapter 2: EL MARIDO QUE NADIE ESPERABA

Una empleada del archivo entró con un sobre del juzgado. Helen lo leyó en silencio y luego me lo tendió, porque el destinatario, por una vez, era yo.

El párrafo era corto. El juez aceptaba custodiar los documentos y autorizaba a Elena Marín Hart, si su médico lo confirmaba por escrito, a declarar en su domicilio o en el hospital, sin ser trasladada contra su voluntad. Nadie iba a sacarla de noche de Santa Brígida para un careo. Nadie iba a declarar el alta por un grito en recepción.

Solté el aire que llevaba desde la higuera.

—Puede volver a casa cuando ella quiera —dijo Helen—. No a la de su padre. A donde usted la reciba. Eso ya no lo decide esta sala.

Alexander me tocó el hombro.

—Vamos al hotel. Si la fotografía sigue en la caja, la ponemos con el resto. Si no está, la buscamos. No es el documento que el juez necesita. Es la prueba de que ellos dos se conocieron, y es de mi padre tanto como de tu madre. No quiero que acabe hecha pedazos en un cenicero.

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