En recepción pedí a Elena Marín. La enfermera, una mujer de gafas gruesas, no sonrió ni frunció el ceño.
—¿Familia?
—Hija —dije, y la palabra me salió extraña—. Se llama Clara. Ella sabrá.
La enfermera miró un cuaderno, no una pantalla.
—Jardín interior. No la cansen. Y si viene alguien preguntando por el apellido Hart, nosotros no confirmamos pacientes. ¿Entendido?
—Entendido.
El jardín era un patio de losas con una higuera y cuatro bancos. En el tercero, de espaldas a la puerta, había una mujer delgada con un chal gris. El pelo, antes oscuro en la única foto que Victoria me había descrito, estaba corto y lleno de canas. Tenía las manos quietas sobre una carpeta de tela, como Inés sobre su lata.
Me detuve. Durante veintitantos años yo había puesto flores en una tumba que no existía, en el aniversario que Graham marcaba en el calendario con la palabra «recuerdo». La mujer del banco respiraba. Se volvió porque la grava crujió.