Alexander miró el papel y luego a mí.
—Podemos llamarla ahora. O podemos salir de este hotel y llamar mañana, cuando hayas dormido. No tienes que resolver dieciocho años en una hora.
—Ahora —dije.
Marcó él, porque a mí me temblaban las manos. El teléfono sonó tanto que creí que Inés Calderón era ya solo un nombre en un papel viejo. Al sexto tono, una mujer contestó. La voz era ronca, despierta, nada adormilada.
Alexander puso el altavoz.
—Señora Calderón, me llamo Alexander Whitmore. Soy el hijo de Richard. Estoy con Clara Hart y con Victoria Hart. Clara acaba de saber que su madre no murió cuando ella era pequeña. Victoria dice que usted guardó algo de Elena.
Hubo un silencio largo. Se oyó una silla.
—Esperé quince años esa frase —dijo Inés—. No voy a contarla por teléfono a un hombre que no veo. Si Clara quiere la caja, que venga ella. Mañana, a las nueve, en el café de la calle del Reloj. El de los ventanales. Que traiga un documento con su nombre. Y que no traiga a Graham Hart. Si lo veo en la acera, me levanto y me llevo la caja a donde ninguno de ustedes la encuentre.