También programé una revisión médica.
Necesitaba saber que mi salud estaba bien y protegerme de cualquier problema futuro.
Pero todavía faltaba descubrir la parte más dolorosa de aquella historia.
Tres días después, recibí una llamada de una mujer desconocida.
—¿Carol?
—Sí.
—Soy Vanessa.
Sentí que el estómago se me revolvía.
Estuve a punto de colgar.
Pero ella dijo algo que me detuvo.
—Daniel me contó que encontraste la carta. Hay algo que necesitas saber.
Nos reunimos en una cafetería.
Vanessa llegó sola.
Era una mujer de unos treinta y cinco años, con el rostro cansado y los ojos hinchados.
—No espero que me perdones —comenzó—. Sabía que Daniel estaba casado cuando empezamos.
La miré sin decir nada.
—Pero él me aseguró que iba a divorciarse.
—Eso ya lo sé.
Vanessa respiró profundamente.
—Lo que no sabes es que, antes de la operación, me dijo que tú habías aceptado donarle el riñón porque estaban intentando salvar su matrimonio.