Los médicos le preguntaron si tenía algún familiar que pudiera hacerse cargo de mí.
Ella me miró a través del cristal de la sala de recién nacidos.
Después respondió:
—Ese niño se viene conmigo.
Algunos familiares intentaron convencerla de que era una locura.
—Doris, ya no tienes edad para criar a un bebé.
—No tienes suficiente dinero.
—Vas a sacrificar los años que te quedan.
Pero ella nunca cambió de opinión.
Me llevó a casa envuelto en una cobija azul que había pertenecido a mi madre.
Y desde aquel día, todo lo que hizo fue por mí.
Cuando era pequeño, me preparaba hotcakes cada sábado.
Aunque solo tuviéramos harina, leche y un poco de azúcar.
Siempre los acomodaba en forma de carita sonriente.
—Para que empieces el día feliz, campeón.
Me leía cuentos por las noches.