La abracé.
Y por primera vez en mi vida vi a mi abuela llorar sin intentar esconderlo.
Pero todavía faltaba algo.
Algo que yo había guardado durante semanas.
Le pedí nuevamente el micrófono al director.
—Abuela, tengo una última sorpresa.
Doris abrió los ojos.
—¿Otra?
Sonreí.
—Sí.
Saqué un sobre de mi saco.
—Hace tres meses recibí una carta de la universidad.
Mi abuela se quedó inmóvil.
—¿Qué carta?
Respiré profundamente.
—Me concedieron una beca completa para estudiar ingeniería mecánica.
Durante unos segundos no reaccionó.
Después abrió la boca.
—¿Qué?
Sonreí entre lágrimas.
—No tendrás que pagar mi universidad.
Doris comenzó a llorar nuevamente.
—¡Daniel!
La abracé.
—Lo logramos, abuela.
Ella negó con la cabeza.
—Tú lo lograste, mi niño.
Me aparté ligeramente.
—No. Nosotros lo logramos.
El salón volvió a aplaudir.
Pero yo todavía no había terminado.