Aquella noche no dormí.
Al día siguiente, Daniel aceptó buscar ayuda profesional para él y para las niñas. También acordamos que nunca más les ocultaríamos la verdad.
Con el tiempo, transformamos el sótano en una sala de juegos. Conservamos algunas fotografías y recuerdos de su madre, pero dejamos de tratar aquella habitación como si fuera un lugar donde alguien seguía esperando.
Meses después, Grace se acercó a mí mientras preparaba la cena.
—¿Sabes algo? —me dijo.
—¿Qué pasa, cariño?
—Creo que mamá estaría feliz de que estés aquí.
Me agaché y la abracé con fuerza.
—Yo también creo que sí.
Y entonces comprendí algo: no había entrado en aquella familia para reemplazar a una mujer que había muerto.
Había entrado para ayudar a dos niñas a aprender que podían amar y recordar a su madre sin dejar de construir una vida feliz.