Me llamo Garrett Sullivan. Soy dueño de una empresa de transporte en Nashville, tengo más dinero del que podría gastar y, durante años, también dirigí una red clandestina dedicada a cobros y mercancías de la que jamás habría hablado delante de una cámara. Estaba acostumbrado a que todas las puertas se abrieran cuando daba una orden. Sin embargo, aquella mujer con las sandalias destrozadas acababa de hacerme sentir como el último en enterarse de lo que ocurría en mi propia vida.
Trece meses antes, Megan todavía dormía a mi lado. Llevábamos cuatro años casados cuando recibí unas fotografías en las que supuestamente aparecía entrando en un hotel de Gatlinburg con otro hombre. Después llegaron capturas de transferencias bancarias y mensajes en los que decía que se marcharía en cuanto consiguiera llevarse suficiente dinero. Por último, el collar de zafiros de mi abuela apareció dentro de su maleta.