PARTE”2

—Y yo pasé diecisiete años sin saber que lo estaba buscando.

Lo enterramos en el jardín de la antigua casa familiar, bajo el árbol donde aparecía en tantas fotografías de mi infancia.

Alexander colocó una pequeña placa junto a su tumba.

En ella había una frase:

«Orion. El guardián que nunca olvidó el camino de regreso a casa».

A veces pienso en aquella noche de jueves.

En la chica agotada que caminaba por las calles de Queens, convencida de que no tenía a nadie.

Si hubiera seguido caminando, quizá nunca habría descubierto quién era realmente.

Pero me detuve.

Y acaricié a un perro solitario.

Él no me pidió dinero.

No me hizo preguntas.

No necesitó que recordara mi nombre.

Simplemente reconoció a la niña que había amado durante toda su vida.

Y me enseñó algo que jamás olvidaré:

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