—Olivia, lleva esto a la mesa doce. Y, por favor, intenta no cometer ningún error. Ese hombre no acepta equivocaciones.
Tomé la bandeja.
—Por supuesto.
La mesa doce estaba ocupada por tres hombres vestidos con trajes oscuros. No hablaban demasiado. Apenas levantaban la mirada y tenían una manera de observar el lugar que me hacía sentir incómoda.
Cuando dejé las bebidas, uno de ellos me sujetó suavemente de la muñeca.
—¿Cómo te llamas?
—Olivia.
—Bonito nombre.
Retiré la mano con educación.
—¿Necesitan algo más?
El hombre sonrió.
—Todavía no.
Me alejé sin responder.
A las once y media, finalmente terminó mi turno. Me puse el abrigo, recogí mi bolso y salí por la puerta trasera del restaurante.
La noche era helada.
Mientras caminaba hacia la estación de metro, escuché un ruido extraño procedente de un callejón.
Un gemido.