Lo miré.
—No. Pero todavía tengo miedo.
—¿De qué?
—De perder otra vez a las personas que quiero.
Alexander se quedó en silencio.
Después me tomó la mano.
—No puedo cambiar lo que ocurrió hace diecisiete años, Bella. Pero puedo prometerte que no volverás a enfrentarte sola a nada.
Me emocioné.
Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba Bella.
Aquella noche, mientras estaba sentada junto a Orion, recordé algo más.
Una pequeña caja de música.
Mi padre me la había regalado cuando cumplí ocho años.
Le pregunté a Alexander si todavía existía.
Me miró sorprendido.
—Sí. Está en la antigua habitación de nuestra infancia.
Subimos juntos.
La habitación permanecía casi intacta.
Había juguetes antiguos, libros infantiles y una pequeña cama junto a la ventana.
Sobre una cómoda encontramos la caja.
La abrí.