Había cámaras en cada esquina, hombres vigilando las entradas y enormes puertas de hierro.
Alexander me esperaba en la escalinata.
Cuando me vio, bajó lentamente los escalones.
No dijo nada.
Simplemente me abrazó.
Al principio me quedé rígida.
No recordaba sus brazos.
No recordaba su voz.
No recordaba haber tenido un hermano.
Pero algo dentro de mí reconoció aquel abrazo.
—Pensé que estabas muerta —susurró.
—Yo tampoco sabía que te estaba buscando.
Alexander se apartó y me miró a los ojos.
—Hay una persona que necesita verte.
Señaló hacia el jardín.
Orion estaba allí, tumbado junto a un árbol.
Cuando me vio, se levantó inmediatamente.
Corrió hacia mí con una energía que jamás había mostrado.
Apoyó la cabeza contra mi pecho y comenzó a emitir pequeños gemidos.
Me arrodillé y lo abracé.
Entonces ocurrió algo extraordinario.
Recordé una imagen.
Un jardín.