Uno de ellos me reconoció.
—Señorita Marshall.
Cerré los ojos.
—No puede ser…
—El señor Moretti quiere hablar con usted.
—Dígale que no tengo nada que decir.
El hombre abrió la puerta trasera del vehículo.
—No se trata de una petición, señorita.
Lo miré con indignación.
—Pues debería aprender a pedir las cosas de otra manera.
En ese momento, escuché un ladrido.
Orion apareció detrás de los hombres.
Salió del coche con una correa y, al verme, comenzó a mover la cola.
Me acerqué instintivamente.
—¡Hola, grandullón!
El perro apoyó las patas delanteras contra mi abrigo y me lamió la mano.
Uno de los guardaespaldas murmuró:
—No puedo creerlo…
Alexander estaba sentado dentro del automóvil.
Observaba la escena con una expresión difícil de interpretar.
—Sube —dijo.
—No.
Levantó ligeramente una ceja.
—¿Siempre eres tan desconfiada?
—Solo cuando un desconocido aparece frente a mi casa con dos guardaespaldas y un perro que pesa más que yo.