Una millonaria vio un rubí en el cuello de un indigente y gritó algo que paralizó toda la calle

Se llamaba Mauricio Salgado y tenía cincuenta y seis años.

Para la mayoría de las personas que pasaban por aquella zona, él era simplemente “el hombre de las botellas”.

Dormía desde hacía meses en un pequeño albergue cuando había espacio. Las noches en que no conseguía lugar, buscaba un rincón seguro bajo techo o aceptaba dormir en la bodega de un conocido que le permitía entrar de vez en cuando.

Por las mañanas caminaba durante horas.

Separaba cartón.

Juntaba plástico.

Recogía latas.

Con lo que obtenía compraba comida sencilla y guardaba unas monedas para asearse en un baño público o lavar su ropa.

No siempre había vivido así.

Muchos años atrás, Mauricio había trabajado como paramédico.

Era de esos hombres que podían escuchar un grito en mitad de una calle y correr hacia él mientras todos los demás se apartaban.

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