Una millonaria vio un rubí en el cuello de un indigente y gritó algo que paralizó toda la calle

Finalmente guardó la pieza con la intención de devolverla si algún día volvía a encontrárselo.

Ese día nunca llegó.

Con el tiempo, el colgante adquirió otro significado.

En sus peores noches, Mauricio lo apretaba dentro de la mano.

No porque pensara que le pertenecía.

Sino porque le recordaba aquella noche.

La noche en que estaba convencido de que su vida ya no servía para nada.

Y, aun así, había protegido a un niño.

Había sido útil para alguien.

Por eso jamás lo vendió.

Ahora, nueve años después, una desconocida elegante aseguraba que aquella pieza pertenecía a su hijo.

La mujer se llamaba Patricia Valdés.

Tenía sesenta y un años y había construido, junto con su familia, una importante empresa privada dedicada a la distribución de alimentos.

Los medios locales la mencionaban de vez en cuando por su actividad empresarial.

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