Una millonaria vio un rubí en el cuello de un indigente y gritó algo que paralizó toda la calle

Lo cubrieron.

Le hicieron preguntas.

Hablaron por teléfono.

Uno de ellos explicó que la familia llevaba toda la noche buscándolo.

Mauricio retrocedió.

El niño estaba a salvo.

Eso era suficiente.

—Señor —dijo alguien—, necesitamos sus datos.

Mauricio dio su nombre.

Pero en medio de la confusión, cuando llegaron más personas y el pequeño fue trasladado para reunirse con su familia, nadie volvió a hablar con él.

Mauricio tampoco insistió.

Recogió su costal y se marchó.

Solo descubrió el colgante una hora más tarde.

Estaba en el bolsillo de su chamarra.

Era una piedra roja pequeña, rodeada por un marco antiguo.

Recordó haberla visto colgada del cuello del niño.

Regresó a la estación.

Preguntó.

Nadie sabía ya dónde encontrar a la familia.

Durante algunos días intentó averiguar algo.

Pero no tenía teléfono propio.

Tampoco sabía el nombre completo del niño.

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