—Yo no pedí tus préstamos.
—Si no hubieras enviado abogados…
—Si no hubieras robado diseños…
—¡No los robé!
—Camila.
La miré.
—Todavía no has aprendido nada.
Se quedó callada.
—Daniel me dejó.
Aquello no me sorprendió.
—No éramos oficialmente pareja —añadió—. Nunca quiso llamarlo así.
—Eso sí me sorprende menos.
—Después del divorcio pensé…
No terminó.
—¿Qué pensaste?
—Que se quedaría conmigo.
—¿Te lo prometió?
Silencio.
—No.
—Entonces construiste una empresa con dinero prestado y una relación con promesas imaginarias.
Camila empezó a llorar más.
—No tienes que humillarme.
—No te estoy humillando.
—Claro que sí.
—No.
Negué.
—Estoy describiendo lo ocurrido.
Se levantó.
—Siempre has tenido suerte.
La vieja frase.
Sonreí.
—¿Eso te ayuda?
—¿Qué?
—Pensar que todo lo que tengo llegó por suerte.
Camila no respondió.
—Te di un trabajo.
Cursos.
Clientes para que observaras.
Tiempo.
—Lo sé.
—Y tú preferiste mirar mi marido.