—¿Te hace sentir bien?
—No.
Eso parecía frustrarla.
Quizá esperaba que yo disfrutara.
—¿Entonces por qué me miras así?
—¿Así cómo?
—Como si no te importara.
Pensé.
—Porque ya no me importas como antes.
La frase la golpeó.
—Éramos hermanas.
—Sí.
—Veinte años.
—Sí.
—¿Cómo puedes borrar eso?
—No lo borré.
Me apoyé en la silla.
—Tú lo cambiaste.
Silencio.
—Camila, ¿para qué viniste?
—Necesito un préstamo.
Me quedé inmóvil.
Después pensé que había escuchado mal.
—¿Qué?
—Te lo devolveré.
Solté una carcajada.
Ella palideció.
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco.
—Valeria, si no pago esta semana…
—No.
—Ni siquiera sabes cuánto.
—No importa.
—Solo necesito doscientos mil.
—No.
—Puedes hacerlo.
Ahí estaba.
La misma lógica de mi madre.
Puedes, por lo tanto debes.
—Sí.
Podría.
—Entonces…
—Pero no quiero.
Camila empezó a llorar.
—Vas a dejar que pierda todo.