Otro mensaje.
“Es solo un concepto que desarrollé mientras trabajaba contigo.”
Mentira.
Los archivos tenían mi nombre.
Fechas.
Correos.
Bocetos.
Otra vez:
“¿Quieres arruinarme porque estoy con Daniel?”
Eso sí merecía una respuesta.
Escribí:
“No. Quiero que dejes de utilizar propiedad de mi empresa.”
“No tienes por qué ser tan fría.”
“Habla con mi abogado.”
La bloqueé.
Entonces descubrí algo interesante.
Camila no había creado CR Studio con dinero propio.
Había pedido préstamos.
Muchos.
Había alquilado una oficina cara.
Contratado personal.
Comprado mobiliario de lujo.
Alquilado un coche bajo la empresa.
Su plan parecía sencillo:
usar los contactos que había conocido trabajando conmigo y después como asistente de Daniel para construir rápidamente un estudio propio.
Solo faltaba un detalle.
No sabía dirigir un estudio.
Y tampoco sabía diseñar.
Durante años había visto desde mi escritorio el resultado final.