Cuando se fueron las visitas y Rosa y Marina se durmieron en el cuarto de la abuela, recorrí la cocina a oscuras sin encender todas las luces por gusto, no por miedo. Toqué la llave. Estaba quieta. En la mesa, el espejito dorado guardaba un reflejo pequeño de la lámpara. Me vi entera, cansada y a salvo, en mi casa, con las personas que había elegido despiertas o durmiendo al otro lado del muro. Cerré la puerta con suavidad. Afuera, la calle no traía motores conocidos. Adentro, el café que había sobrado olía bien. Me serví una taza, me senté, y por primera vez en mucho tiempo no esperé a nadie que viniera a quitarme la firma. La casa cuidaba a quien la cuidaba. Esa noche, por fin, yo también la cuidaba de vuelta, y me quedé.
Chapter 2: EL HOMBRE QUE REGRESÓ PARA PROTEGERME