Yo hablé poco. Dije que la casa era de mi abuela y ahora mía, que no había autorizado préstamos ni poderes, que el golpe no había sido una caída, y que Marina estaba viva porque la tenía al lado. Marina dijo su nombre completo, el de su madre y la fecha en que se negó a soltar el lote. No dio instrucciones a nadie. Mostró el costo: seis años de llamadas disfrazadas, un plato guardado en una cocina, una maceta donde escondieron una llave que no era de Eden.
La jueza no convirtió la mañana en un castigo teatral. Dictó lo que Patricia había esperado y un poco más de claridad. El seguro quedaba congelado y en camino de anularse, porque no se paga la muerte de quien está sentada en la sala. Eden no podría reclamarle a Marina ni a Rosa esa suma. La cuenta abierta a mi nombre quedaba bloqueada para cualquiera que no fuera yo, y los ciento ochenta mil ya salidos seguirían en el expediente como dinero a recuperar por la vía que correspondiera, sin que yo tuviera que perseguir a nadie por los pasillos. Mi casa quedaba fuera de toda cesión que no llevara mi firma nueva, dada delante de notario elegido por mí. Randy y Eden tenían prohibido acercarse a mí, a Marina y a Rosa. Las declaraciones de la noche anterior seguían su curso, en otro calendario, lejos de nuestra mesa. Cuando se los llevaron hacia la puerta lateral, yo no giré la cabeza para guardarme su espalda. Miré a Rosa, que lloraba sin ruido, y a Marina, que por fin le apretaba la mano a la vista de todos.