El agente les pidió que bajaran la voz y que salieran al porche. No hubo discurso de victoria. Hubo datos, nombres, la orden, y una ambulancia que no hizo falta porque nadie estaba herido esa noche salvo yo, que ya tenía mis puntos. Randy, al pasar junto a mí, todavía intentó la frase del estacionamiento, más baja.
—Sin mi firma en el proyecto, tu casa vale menos. Te acordarás de mí cuando el barrio te dé la espalda.
—Me acordaré de ti cuando mire el parte médico —dije—. Y no será un recuerdo que te favorezca.
Se los llevaron para declarar. No miré el coche hasta que dobló la esquina. Patricia me advirtió que declarar no era el final del expediente, que habría una audiencia al día siguiente por el seguro y por las medidas de protección, y que Eden ya había anunciado, en el porche, que impugnaría la identidad de Marina. El peligro de los golpes en la cocina había salido por la puerta. El papel todavía podía morder.