No traía ramo. Traía las manos en los bolsillos y la cara de quien ofrece una última sensatez.
—Cinco minutos, Juana. Sin abogados, o con ellos si te da miedo estar a solas con tu marido.
—Habla aquí —dijo mi padre.
Randy ni lo miró.
—Firma el acceso. Te dejo la casa para vivir, ellos construyen el camino, y yo desaparezco de tu vida. A cambio, Marina deja de presentarse como mi esposa muerta. El seguro ya se usó en deudas. Removerlo hunde a Eden y, de paso, a Rosa, porque el lote queda atado a esa historia. Tú no quieres hundir a una vieja. Eres buena. Siempre fuiste buena hasta que tu padre te metió cuentos.
—Rosa no está atada a tu seguro —dijo Marina—. Está atada a su puerta, y hoy tu madre intentó abrirla con una llave sacada de una maceta.
Randy se encogió de hombros.