—La escritura de mi abuela la firmé cuando ella vivía, delante de notario, y era para recibir la casa, no para soltarla —dije—. Los préstamos no. La cesión no. La mudanza con Eden no. Anoche me negué y esto —me toqué el labio— fue la respuesta.
Horacio grabó su propia declaración en el teléfono de Patricia, con consentimiento. Dijo que detendría el acceso del proyecto mientras la dueña no firmara en persona, en un despacho que no eligieran Randy ni Eden. Dijo también que Eden le había escrito esa mañana: “Juana está difícil, pero a mediodía cede.” El mensaje tenía hora. Coincidía con el plan de volver a mi casa entre risas.
Salimos por el estacionamiento. El aire olía a gasolina y a pan del café de la esquina. Rosa iba del brazo de Marina. Mi padre llevaba mi bolsa con el alta y las copias. Patricia caminaba un poco delante, hablando con el banco que había rastreado la transferencia de ciento ochenta mil dólares hacia Eden Holdings. Yo escuchaba frases sueltas: cuenta abierta a mi nombre, beneficiario, movimiento reciente.